Oda a Urbasa

Tras dejar atrás el solemne monasterio, receptor, en otro tiempo, de hordas de benedictinos cluniacenses que se afanaban por exportar las formas constructivas de la alta Edad Media, me encontré con la disyuntiva de tomar el camino, más frecuentado, de la derecha o, en cambio, optar por el sombrío sendero de la izquierda. Fascinado por el denso bosque que ya se apreciaba desde la intersección, comencé a caminar con paso ilusionado por este último. Marcaba con firmeza cada pisada sobre la estrecha senda que, entre raíces enrevesadas y ligeros pedregales, se internaba en la aislada espesura boscosa. Una densidad forestal que parecía de otro lugar, de otra geografía. Un bosque felizmente descontextualizado del dominante paraje de ribera.

Por momentos, la vereda del bosque se abría a una espléndida panorámica. Entre manchas de color verde pardo y superficies de un amarillo apagado por el sol, un peculiar perfil montañoso cerraba el vasto paisaje hacia el norte. Una línea elevada casi recta que dibujaba una cumbre continua, extendida a lo largo del macizo, como si de una gran meseta se tratara. Aquel perfil me era ciertamente familiar. Se trataba, o al menos eso pensaba yo, de la Sierra de Urbasa, que acaso viera alguna vez en algún lugar de mi pasado, desde algún pueblo euskaldún o alguna estación de tren casi en desuso. Imágenes confusas pero localizadas en el tiempo. Recuerdos de un perfil que, de manera un tanto extraña, quisieron evocar un Montgó mediterráneo, último estandarte bético, promontorio altivo encarándose al mar. Mi escaso conocimiento geográfico de la zona no conseguía ubicar el macizo correctamente. De hecho, apenas me atrevía a nombrarlo con total seguridad. No sé cuántas veces llegué a preguntarme “¿será aquella la Sierra de Urbasa?”, esperando que algún lugareño me resolviera la duda. Efectivamente, esa era la fachada inconfundible de Urbasa. No podía tratarse de otra formación montañosa.

Yo no me cansaba de mirarla y fotografiarla. Desde la lejanía del bosque, recordaba aquellas reflexiones del pintor y geógrafo Paul Schrader, vertidas en su célebre artículo “A qué se debe la belleza de las montañas”. Fascinado desde niño por el lejano perfil que dibujaban las cumbres del Pirineo, que llegaba a contemplar desde la ventana de su habitación en Burdeos, el francés concluía que el mejor punto de vista para apreciar la belleza singular de una montaña o una cordillera excluía su total ascensión. En cambio, implicaba su contemplación desde un punto intermedio con el propósito de apreciar sus formas, sus aristas, sus masas de vegetación, sus roquedos desnudos, sus luces, sus sombras, y su elevación relativa. Una visibilidad parcial, acaso engañosa, que tan fundamental sería en las primeras querencias personales de geógrafos, artistas, mitógrafos, religiosos e incluso alpinistas. ¿Cómo entender, si no, la imborrable presencia en nuestra cultura de una Maliciosa, un Txingodi, un Midi d’Osseau, un Eiger, un Veleta o un Atos?

Urbasa se alzaba allí, tímidamente esbelta, rígida, inmóvil, dominando la ribera, regalando ensoñaciones al caminante, como aquel mítico norte prometedor que el niño herido ansiaba con desesperación. Con una luz prístina que revelaba el truncado relieve de su vertiente meridional –no sin cierta vergüenza… ¡maldita visión impúdica que nos ofrece la implacable luz estival!–, todos sus elementos se distinguían con perfecta nitidez: masas forestales que alcanzaban casi la parte superior del macizo; roca karstificada en su cima, bellamente fraccionada en continuos tajos homogéneos,  delatando así la forma mesetaria del conjunto; y líneas verticales paralelas que conformaban paredes lisas de roca, sobreexpuestas a la intensa luz del mediodía. Efectivamente, un “bosque del agua”, como indica su etimología de reminiscencias fantásticas a un mundo cada vez más ajeno, que va dejando de existir. Bosque legendario, vigilante cercenado del Alto Ebro, meseta reina coronada con majestuosos y dorados acantilados.

No me cabe duda de que si Schrader hubiera sido un pintor benedictino de Iratxe, le habría dedicado hermosas acuarelas a la Sierra de Urbasa.

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Adusta tierra (óleo sobre arpillera)

Aconsejado por los paisanos de la comarca, decidí tomar la variante de la izquierda. El bosque que se abría ante mis ojos me hizo caminar con paso decidido y sereno. La travesía entre acebos, castaños y robles me ofrecía una legendaria atmósfera de verdor y humedad que días atrás se me antojaba casi irrecuperable.

Volví a imaginarme un Caminante de los bosques, un miembro privilegiado de aquella orden superior de peregrinos que, atravesando senderos serpenteantes y sorteando rocas graníticas invadidas de musgo, soñaban con alcanzar, algún día, los grandes santuarios. Volví a recuperar las sensaciones de tan mítico lugar, espacio de la pureza aún no corrompida, anclado en las más bellas ensoñaciones del género humano. Hogar de silenos, ménades y sátiros que se reunían en la oscuridad con el creador del vino sagrado para ejecutar las danzas dionisíacas y alcanzar el tan temido frenesí. Espacio para las pasiones marginales que desafíaban el orden racional apolíneo y el hermetismo institucional de lo heroico. Refugio prístino de la verdad al que los personajes de Shakespeare escapaban en busca de la atenta escucha de sus corazones. Espacio para la canción lírica del poeta, la desobediencia civil del rebelde y las ensoñaciones del paseante solitario.

Pero la deliciosa travesía por el bosque pronto llegó a su fin. La segunda mitad de la jornada estuvo presidida por un llano infinito, bañado por un sol abrasador y dominado por un camino de tierra interminable. El horizonte se presentaba bajo y desalentador. Aquella panorámica inmensa me atravesaba casi con violencia. En la aplastante sobriedad del llano apenas hay tiempo para el lirismo. Solo los corazones de otro tiempo resisten su implacable letanía, adusta y árida. Su sobrecogedora fuerza telúrica me ofrecía un paisaje labrado con fuego, viento e historia. A lo lejos, se erguía un límite esperanzador: “horizontes como serruchos mellados”, “montañas de violeta y grisientos breñales”, la otrora “Morada de los dioses”, “la tierra que ama el santo y el poeta, los buitres y las águilas caudales”. Onírico panorama de amarillos tostados y ocres leñosos. “Llanuras bélicas y páramos de asceta / –no fue por estos campos el bíblico jardín–; / son tierras para el águila, un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín”.

Desolador y atrayente al mismo tiempo, aquel lienzo casi monocromo de campos de cereal resultaba monótono hasta la desesperación. Una inabarcable tela de líneas bien definidas y tintas planas, como firmada por Alberto Sánchez o Benjamín Palencia. O un gran Rothko asfixiado por la soledad bicromática de la tierra. Una estampa, en todo caso, de una extraña belleza arrebatadora, que me interperlaba de forma directa, sin contemplaciones, sin circunloquios. Como nacida de las pinceladas agresivas de un pintor luminista, la luz impúdica del mediodía dejaba en evidencia la desnudez del paisaje. Un inmenso dorado trigueño, solo interrumpido por modestos encinares y viñedos rectilíneos.

En aquel boceto de abstracción plástica, mi cuerpo era empujado hacia la composición paisajística que marcaban las suaves dunas redondeadas. Como en estado de trance, mis pies respondían a la cadencia autómata marcada por la luz del sol, la aspereza del terruño y la determinación del viento. Una cadencia que pronto se integró en mis músculos, cuya energía anhelaba las horas últimas del día en alguna posada fresca a la sombra de una higuera. Reactivado por la agresividad ambiental del entorno, todo mi organismo respondió a una sola acción. En aquella polvorienta antítesis del lirismo, solo contaba caminar, avanzar, recorrer la dureza de la inabarcable tela, fundirse en la urdimbre de aquella arpillera ardiente. Me sentía agotado pero fuerte, exhausto pero alegre, extenuado pero libre.

Fue allí, en mitad del llano, donde comprendí (quizá… oh, iluso) la profundidad de caminar, su esencia desnuda, sufriente, física, ascética.

(Inspirado por Campos de Castilla, de A. Machado, e Intemperie, de J. Carrasco).

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