Revelación

Dejando a nuestra izquierda extensos campos de girasoles en su plenitud y molinos de viento muy poco cervantinos, continuamos subiendo hacia el Alto del Perdón. Aquel punto tenía un interés geográfico y paisajístico máximo, ya que servía de divisoria natural entre las dos Navarras. A partir de entonces, frente a nosotros, se abriría la extensa llanura ribereña que nos conduciría hacia el Ebro, moteada con pequeños bosquecillos, campos de cereal e hileras de álamos.

Allí, observando aquel vasto panorama que me resultaba familiar, comprendí de inmediato algo que ya había sentido antes varias veces pero que, sin embargo, me resistía a reconocer: allí fui plenamente consciente de que, sin duda, y ahora sin miedo a decírmelo a mí mismo, me sentía mucho más cercano a un paisaje como aquel que a otro más frondoso y bucólico de montaña. Allí, en aquel alto azotado por el viento, sentí, con una fuerza casi telúrica, como una revelación, que yo pertenecía a aquel relieve suave del paisaje de ribera, jalonado con una rica gama de colores amarillos, ocres y verdes pardos que se veían complementados con un azul límpido del cielo, salpicado de pequeñas nubes de evolución.

Mi infancia pertenecía a aquella panorámica. El paisaje de montaña era tan solo un añadido posterior, una imagen secundaria bien conocida históricamente y sofisticada conceptualmente a lo largo de mis años de doctorado. Aunque lleno de recuerdos imborrables, anclados en los bosques y las cumbres del Guadarrama y en los perfiles de Sierra Nevada, allí supe que, en lo más hondo de mis querencias geográficas, de aquellas que se sienten de verdad, sin impostar nada, el paisaje de montaña carecía de la verdadera emoción que me provocaba aquel vasto panorama de planicies interminables y suaves colinas. Este era el paisaje que movía mis recuerdos y que me trasladaba, inesperadamente, a los veranos de mi niñez, allá, en un pueblo castellano de ribera, rodeado de campos de cereal, maizales, cultivos de remolacha, frondosas choperas, pequeños canales y una vieja estación de ferrocarril abandonada. Aquel modelo de paisaje se rebeló, ahora sí sin complejos, como una de mis imágenes más personales que pertenecían a mi biografía. Aquella visión me pertenecía. Yo pertenecía a aquel relieve, a aquellos colores, a aquellos perfiles, a aquellos horizontes…

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