El arte de Caminar

Cada día me iba compenetrando más con la tierra que caminaba. La pisaba, la miraba, la sentía, la sufría. La integraba en mi cuerpo y en mis pensamientos. Sentía que se manifestaba en cada movimiento de los músculos de mis piernas, de los dedos de mis pies, de los huesos de mi torso, de las articulaciones de mis brazos. Poco a poco, iba descubriendo lo que Henry David Thoreau llamó “el arte de Caminar”.

Según el escritor norteamericano, solo las personas poseedoras del “don” de vagar ociosamente pueden practicar este noble y antiguo arte, sencillo en su ejecución pero complejo en su significación. Thoreau presentó una hermosa definición de caminar a partir de la etimología del término anglosajón saunter. Este verbo proviene de “persona ociosa que vagaba en la Edad Media por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse à la Sainte Terre“, a Tierra Santa. A fuerza de ver peregrinos por los pueblos y las ciudades, los niños gritaban “va à Sainte Terre“, origen de la palabra saunterer, peregrino. Así, la acción de caminar vagando, deambulando, peregrinando, tiene un indudable origen semántico en lo sagrado. Obedeciendo a tal origen, cada caminata se erige en una especie de cruzada, en forma y contenido, que practicamos en nuestro interior y proyectamos hacia el exterior.

Este origen etimológico no me puede parecer más acertado. Sin embargo, yo diría que no se remonta a los tiempos de la cristiandad, sino a una de las cunas de nuestra cultura sacra mediterránea. En el mundo griego antiguo, los atletas de todas las ciudades que componían la Hélade eran convocados a las competiciones deportivas anuales que tenían lugar en los distintos santuarios de los más importantes dioses del Olimpo. Un mes antes y otro mes después de la celebración de estos juegos deportivos, se estipulaba un cese de las armas entre las diversas polis –un pacto de paz que recibía el nombre de Tregua Sagrada– con el fin de garantizar el traslado de ida y vuelta de los participantes. La tregua permitía la peregrinación de los deportistas a los santuarios de Zeus o de Apolo para intentar conseguir la excelencia. Una vez allí, los atletas también realizaban procesiones (deambulando, caminando) hacia los recintos sagrados donde se encontraban los grandes templos de las deidades para dedicarles ofrendas y libaciones.

Más recientemente, Heidegger acuñaba el término de Dasein para referirse al Ser. Un ser que se forja siempre en el ahí, es decir, en un lugar, entendido este como el espacio geográfico dentro del cual existimos, como la tierra que practicamos, que pisamos, que sentimos. El Dasein es, por tanto, ser-en-el-mundo, una existencia contingente que está siempre situada y que muta (y, por ello, no cesa de ser) a partir del movimiento mismo en y hacia el ahí. Es dinamismo puro sobre una realidad material geográfica. Se construye, por ejemplo, a través del acto de caminar, que no es otra cosa que ser vagando sobre la tierra.

Por todo ello, el arte de Caminar nos devuelve al espacio más primitivo de la existencia, allí donde no tiene cabida la superficialidad de lo profano. Como hicieran Unamuno en Gredos, Giner de los Ríos en el Guadarrama, Machado en Castilla o Wordsworth en el Lake District, recuperemos, al caminar, este carácter sacro original y este sentido ontológico ulterior. El acto de caminar se convierte así en una búsqueda del sentido verdadero de nuestro estar en el mundo. Este arte de vagar con los pies sobre la tierra, de imaginar que somos un gran pincel que va recorriendo el gran lienzo de los lugares, nos brinda la oportunidad de recuperar nuestro legado emocional más profundo (¡cuántas veces soterrado!) y de forjar nuestros imaginarios más marginales, construidos fuera de los límites de nuestra absurdidad cotidiana. Una genealogía de sensaciones, recuerdos y sentimientos que, sepultados por las nimiedades de nuestro día a día, se arraigan en las ya lejanas imágenes de nuestra infancia (dónde si no…).

Abandonemos, pues, la banalización de nuestra prosaica cotidianidad. Convirtámonos en Caminantes, una categoría especial, decía Thoreau, “más antigua y honorable” que la de los caballeros medievales o los héroes clásicos. Tomando los “senderos no hollados” de Whitman, dirijámonos a los campos, los bosques y las montañas y absorbamos su fuerza telúrica, su significación histórica, su sustrato humano, su valor estético y su (des)orden natural. Seamos “renunciantes” del orden impuesto por otros. Rechacemos, como el artista, lo real y, como aquel, levantémonos en rebeldía en contra de aquello que se corrompe y se desvanece. Llevemos este arte, con los pies, con el alma y con el cuerpo, hacia aquel sentido solemne de las cosas. Convirtamos este arte de Caminar en un puro acto de rebeldía que, en su resistencia a la realidad más intrascendente, emprende un movimiento verdadero hacia lo más profundo y sagrado de la existencia.

Digamos, por qué no, camino, luego existo.

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