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Los mapas son aquellas imágenes convencionales que nos ofrecen información sobre los componentes geográficos del territorio. En origen, tuvieron un carácter estratégico, político, militar y económico. Su creación estuvo, sin duda, muy vinculada a las políticas expansionistas de los primeros imperios europeos del mundo moderno. Aparecían, en este sentido, como enormes inventarios nominativos y visuales que organizaban el conocimiento cosmográfico del planeta. Los grandes atlas expresaban aquello que se poseía y se explotaba, y, también, aquello que se deseaba controlar.

Sin embargo, los mapas son igualmente capaces de suscitar nuestros deseos personales de exploración del mundo y, consecuentemente, nuestras pulsiones internas de desplazarnos en el espacio y, por qué no, en el tiempo. Los mapas y los atlas son, por tanto, representaciones de nuestro mundo que hacen activar nuestra imaginación. Recorriendo con la mirada y con las manos una imagen del mundo, podemos sentirnos Gullivers, NIls Holgerssons o Phileas Foggs sin necesidad de movernos físicamente. Tan solo dejando llevar la vista por una multitud de nombres, colores, siluetas, formas, números y vectores. Los mapas se convierten, pues, en potentes artefactos visuales a través de los cuales expresar nuestras maneras de interpretar el mundo, nuestros propios imaginarios geográficos del planeta.

Cuando tal artefacto recae en las manos de un niño, los imaginarios pueden llegar a crecer de forma exponencial y crear auténticos universos imaginados. Los imaginarios del principio, quizá algo tímidos, se transforman así en gigantescas fantasías geográficas. La mirada y los dedos de la criatura viajarán por todo el planeta sin miedo a las fronteras, naturales o inventadas; sin temor a posibles emboscadas por parte de pobladores autóctonos de territorios inexplorados; decididos a cruzar llanuras, mesetas, cordilleras, lagos, mares y océanos en busca de lo desconocido, de lo primigenio, de lo maravilloso, de lo intimidante, de lo grandioso.

Las pequeñas pupilas y las llemas de los dedos harán que la materialidad del cuerpo infantil se desvanezca en pro de su viaje virtual. Comenzará su viaje, quizá, en la desembocadura del Tajo en Lisboa, para remontar luego el río hasta la antigua ciudad Imperial de Toledo, y continuar, quizá, algo más hacia al Este, por el desierto de Los Monegros. En sus inacabables ansias de viajar, desplazará la mirada algo más arriba hacia la cordillera de los Pirineos, donde se atreverá a escalar el macizo calcáreo del Monte Perdido, para bajar, poco después, a la ciudad francesa de Toulouse. Allí, pensará más de dos veces hacia donde tirar. Las opciones son muchas. Le atrae un gran icono informe de color rojo que sustenta un gran rótulo en negro con la palabra “Paris”. También en Francia, le llama la atención una pequeña península, de forma graciosa, que sobresale hacia el NO. Una gran variedad de puntos negros de todos los grosores, acompañados de extraños nombres germánicos, acapara también, por unos segundos, su atención visual… Pero todo eso fue antes de percatarse, hacia su derecha, de una gran mancha de color marrón oscuro, por momentos algo morada, describiendo un gran arco en el centro del continente. Una gran cordillera le hizo cambiar de opinión. Buscó el nombre de tal colosal cadena. Formando igualmente un arco, como dibujando la forma de la misma cordillera, pudo leer en letras separadas entre sí A L P E S. “Y, si ya he subido al Monte Perdido, ¿por qué no subir a las cumbres alpinas?”, se dijo al tiempo que desplazaba los dedos hacia los lagos suizos.

Las ascensiones se prolongaron durante días. El atlas permaneció abierto sobre la cama en la misma sección cartográfica durante más de una semana. Tenía que comprender todo aquel caos de roca y hielo que se desplegaba frente a su mirada, bajo sus pies. Subió al Weisshorn, al Matternhorn, al Monte Rosa, a los Grandes Jorasses, al Dent du Géant, al Mont Blanc, al Eiger, al Monk… Como comprendió que aún no llegaría a entender la razón de todo ese levantamiento informe de piedra, continuó su viaje. Si las posibilidades fueron amplias desde el centro de Francia, ahora, desde el corazón del continente y a más de 4.000 metros de altitud, se mostraban infinitas. No obstante, lo que más le sedujo fue una península alargada en forma de bota que se adentraba en el Mediterráneo. Desde Turín a Puglia, desde Trieste hasta Catania, fue recorriendo con la mirada los nombres de ríos, lagos, montañas, pueblos, altitudes, bahías, golfos y regiones, al tiempo que todos aquellos lugares se materializaban en su fantasía, perfectamente iluminados bajo un sol radiante de mediodía.

Quizá quemado por el sol, o quizá abrumado de tantas bellas ciudades, su mirada y sus dedos volvieron a moverse hacia el norte e introducirse algo más en el centro de la gran llanura continental. Allí descubrió una gran línea azul irregular, serpenteante, inquieta, que bañaba lo que parecían ser ciudades importantes: Wien, Budapest…, leía. Era la representación de un río que respondía al nombre de Danubio…

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