Anónimo. La Alcazaba y el Mulhacén. 1892/94

Anónimo. La Alcazaba y el Mulhacén. 1892/94

“Mountains have never failed to stir human imagination. The most prominent and
seemingly ‘durable’ of geographical objects, they inspire paradoxical responses:
awe and fear, attraction and repulsion, security and remoteness. They are familiar
landmarks that remain insistently ‘other’. A plethora of narratives, practices and
moral attributes has been layered over mountain rocks – variously in different cultural
traditions. […] Mediterranean mountains represent especially
rich palimpsests, as ‘almost every place in the Mediterranean world has at
one time or another been pagan, Christian and Muslim’, yet they are also at the same time fragile ecosystems”.

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Edward Theodor Compton. The Alps, 1906

Edward Theodor Compton. The Alps, 1906

“I have never seen before, occupied these openings, and gradually became darker in their recesses. Mont Blanc was before us, but it was covered with cloud; its base, furrowed with dreadful gaps, was seen above. Pinnacles of snow intolerably bright, part of the chain connected with Mont Blanc, shone through the clouds at intervals on high. I never knew -I never imagined-what mountains were before. The immensity of these aerial summits excited, when they suddenly burst upon sight, a sentiment of ecstatic wonder, not unallied to madness”, Percy Bysshe Shelley.

El deportista soy yo y mi circunstancia

Parafraseando la máxima de José Ortega y Gasset, es bonito o dramático descubrir que la elección de un deporte por parte de una persona también está envuelta de circunstancias, bien individuales o bien sociales. No es extraño imaginar cómo un hombre o una mujer acaba dedicándose al fútbol, al baloncesto o al tenis. Sin embargo, cuántas veces nos habremos preguntado qué es lo que ha desencadenado que una persona se dedique a nadar, a escalar montañas, a hacer cabriolas sobre unos patines, o a salvar los escollos de un potro con arcos.

Hace unas semanas quedaba asombrado por la noticia del ingreso de Ian Thorpe en un psiquiátrico debido a un trastorno bipolar. Sin saber los entresijos o la parte cierta de tal información, la noticia completa hablaba, en todo caso, de la infancia difícil de Thorpe. Con síntomas de autismo y fuertes crisis depresivas, el niño y adolescente australiano únicamente se sentía seguro y unido a su propia realidad dentro del agua. Su aislamiento del mundo y su oscuridad interior encontraban furor y lucidez nadando en una piscina. Su dramática circunstancia le llevó a conocer la alegría, y, con él, el éxito.

Hace unas horas, en la competición de patinaje artístico de los JJ OO de Sochi, me ha impresionado la historia personal de un patinador filipino. Si ya resulta admirable que haya hipotecado su casa para poder pagarse su participación en las olimpiadas, me parece aún más loable su elección del patinaje como deporte principal (y profesión) en un país tropical como Filipinas, con nula tradición de los deportes de invierno. El patinador filipino decidió aprender a patinar, saltar, girar y hacer piruetas tras habérsele diagnosticado problemas respiratorios. Debido a un asma crónico, le era imposible dedicarse a cualquier deporte al aire libre, por lo que su padre le llevó a un recinto cerrado. Seguramente, allí habría gente patinando y, con gusto e ilusión, accedería a ponerse unos patines y empezar a practicar. La circunstancia del asma le acercó al mundo del hielo, la plasticidad y las acrobacias.

Las circunstancias personales de Kilian Jornet, campeón del mundo de carreras en alta montaña, son también determinantes para comprender cómo alguien se dedica a recorrer distancias de casi 50 kilómetros en un ámbito tan hostil. Hace unos meses leía, no sin cierta envidia, que los padres de Jornet trabajaban en un refugio del Pirineo catalán, por lo que él y su hermana se criaron a unos 2.000 metros de altitud. Esa energía, compuesta de curiosidad, superación, fortaleza, voluntad y un cierto componente de locura, que lleva a una persona a subir cumbres, ya la tuvo Jornet muy de niño cuando, a los cinco años, ascendió al Aneto. “La montaña era el día a día. Al volver del cole, trepaba árboles y rocas. Por la noche, íbamos con mi madre a escuchar al bosque” (El País, 13/11/2013). La circunstancia familiar de Jornet le hizo soñar con altas cumbres y escarpados valles.

El deporte no es solo competición. De hecho, diría que la llama orginaria que prende la energía inicial de la práctica deportiva tiene más que ver con el juego que con la competitividad. El o los artífices que hacen surgir esta llama también están anclados en las circunstancias del deportista. Las felices o dramáticas circunstancias que envuelven y definen la vida de una persona también, por qué no, desencadenan el conocimiento de una determinada actividad deportiva. Ahora bien, solo la curiosidad y la voluntad harán que ese conocimiento se convierta en ejecución, en juego, en movimiento.