Complementariedades geográficas

John Ruskin escribía, hacia la mitad del siglo XIX, que las montañas de la tierra “son el principio y el final de todo paisaje natural”. Con ello, reivindicaba el conocimiento y la apreciación de las cordilleras como “fuentes de vida y felicidad mucho más pletóricas y beneficiosas que toda la brillante feracidad de la llanura”.

En determinadas ocasiones, no existe una verdadera oposición entre un espacio geográfico y otro. Más bien, se puede hablar de una complementariedad de ambas condiciones biogeográficas y, por ende, paisajísticas. Walter Scott lo recogió acertadamente al escribir: “It was a barren scene, and wild, / Where naked cliffs were rudely pilled; / But ever and anon, between, / Lay velvet tufts of loveliest green”.

En Granada, esta complementariedad, referida históricamente desde los geógrafos musulmanes (si no antes), es una realidad. La intensa relación vital entre el macizo de Sierra Nevada y la Vega granadina convierte a la montaña, en palabras de Richard Ford, en un “perpetual Alembic of fertilizing water”. Mateo Ximénez, el célebre “Hijo de la Alhambra”, no tenía ninguna duda al respecto: “That Sierra Nevada … is a lump of ice in the middle of Andalusia, to keep it all cool in summer”.

Washington Irving, que vivió sobre uno de sus conglomerados, lo tenía igualmente claro: “Those mountains may well be called the glory of Granada”.

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