Luces del Magreb (homenaje a Fortuny)

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Antes de que cambiara para siempre la manera de pintar en el horizonte artístico europeo, ya apareció un primer ojo sensible a la implacable luz natural del Mediterráneo. Un ojo íntimamente conectado con el virtuosismo técnico, capaz, como muy pocos, de representar los cuerpos y objetos atravesados por el sol, la arena y el polvo. El ojo activo, el cuerpo ardiente y la mano virtuosa del artista catalán se conjugaron para crear aquellas radiantes acuarelas del mediodía. Cuadros de verdad lumínica, llenos de sinceridad, empatía y delicadeza. Un torrente de sol magrebí vino a iluminar desde entonces la pintura europea de aquel tiempo, complaciente en evocar paraísos perdidos, impenetrables oscuridades y grandilocuentes paisajes.

Agazapado entre el polvo del desierto, y con una pincelada vibrante y segura, Fortuny tradujo la terrible acción de la guerra en estudiadas composiciones plásticas. Devolvió al diminuto espacio de su bloc de dibujo el movimiento real de lo afímero. Enriqueció sus lienzos con la evocadora calidad de las texturas y la sinceridad de tipos humanos diferentes. Como quien sabe aprovechar al máximo su lugar en el mundo –fortuito o predeterminado–, se dedicó con virtuosismo a dotar de color y volumen a la estática atmósfera de la calima y a los cuerpos desnudos, castigados por el calor.

Prematuro “pintor de lo físico”, moderno Prometeo de la pintura de los fenómenos atmosféricos: robaste el fuego de los dioses para impregnar de luz verdadera y humana el nuevo curso del arte de tu tiempo. Petulantes Apolos de la forma, adalides de las modas de salón: ¡admirad la fugacidad centelleante de la pincelada exacta de lo verdadero! ¡Maravillaos por el ojo inquieto de esta luz cegadora! ¡Rendíos ante el rápido gesto de la mano creadora del genio! Exhausto, atento, sin tiempo, cubierto por la tierra y el polvo, anota, dibuja, modela, limita, alienta. Da vida. Los cuerpos desnudos de sus academias romanas trasladados al desierto marroquí. Ensayos de composiciones complejas convertidas en equilibradas pinturas de la cambiante realidad que le rodea. Todo aparece ya aquí, bajo la silueta del Riff, entre ensordecedores cañonazos y soldados heridos. En un premonitorio aquí y ahora diluido en sus acuarelas.

Cuando se instaló en Granada, todo estaba por cambiar. ¿Cómo erradicar, si no, la tradición pictórica más reciente, encarnada por aquellas visiones pintorescas de lo exótico? Con sincera curiosidad, la vivaz elocuencia de su pincel se detuvo en admirar no solo la ruina pretérita de los palacios nazaríes, sino también –y sobre todo– la fugacidad presente de las calles de la ciudad del Darro. ¿Cuántas cuestas, fachadas, balcones, plazas, patios y cerros protagonizarían sus lienzos? A la sombra de los naranjos, captó la melancólica belleza de lo decrépito y el suave aroma del azahar del paisaje granadino. Me pregunto cuántos rincones de la ciudad nazarí llegaría a conocer, cuántas vivencias excéntricas se sucedieron junto a su amigo, el locuaz pintor de cumbres alpinas. ¡Si él hubiera sabido cuántos artistas posteriores seguirían su camino en la ciudad del Darro, en busca de la verdad lumínica de su arte!

Luego llegó Portici. La progresiva evolución de su pintura se hacía cada vez más lógica. Después de Marruecos y Granada, ¿cómo viajar a París, como hubieran querido los caminos convencionales del arte moderno? No hubiera tolerado la gama de grises y azules fríos del cielo o el ambiente húmedo y populoso de la gran ciudad. Eso lo harían otros, algo más tarde. La tierra inundada de sol era su campo pictórico de batalla. Así de sencillo y de complejo al mismo tiempo. Luz desafiante, irritante para muchos, “impintable” quietud lumínica, se quejaría más tarde Darío de Regoyos. Hizo de las escenas cotidianas de su vida familiar el tema de su pintura. Los días plácidos y soleados de la campiña italiana se convertirían en el pretexto natural para su continua exploración pictórica, todavía –aún más– en torno a las posibilidades de la luz. Días claros, cielos límpidos, calma ociosa. Recreaciones de lo efímero, de un tiempo detenido en el que no pasa realmente nada –y, ¿para qué más? Ante los ojos de un pintor a quien no se le escapa nada, ¿qué más tiene que haber a su alrededor que un niño tumbado al sol en la playa? Posibilidades plásticas infinitas. Derroche de ternura distribuida con el pincel.

Desapareció prematuramente en 1874. Aquel año en que todo cambiaría para siempre. Quizá él se habría sumado al cambio. Más bien, habría (con)sumado la propia evolución de su pintura. En todo caso, eso ya no importa. Al fin y al cabo, los relatos de la historia siempre tienen algo de grandilocuentes.

(Inspirado por la exposición antológica Fortuny, en el Museo del Prado).

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Oda a Urbasa

Tras dejar atrás el solemne monasterio, receptor, en otro tiempo, de hordas de benedictinos cluniacenses que se afanaban por exportar las formas constructivas de la alta Edad Media, me encontré con la disyuntiva de tomar el camino, más frecuentado, de la derecha o, en cambio, optar por el sombrío sendero de la izquierda. Fascinado por el denso bosque que ya se apreciaba desde la intersección, comencé a caminar con paso ilusionado por este último. Marcaba con firmeza cada pisada sobre la estrecha senda que, entre raíces enrevesadas y ligeros pedregales, se internaba en la aislada espesura boscosa. Una densidad forestal que parecía de otro lugar, de otra geografía. Un bosque felizmente descontextualizado del dominante paraje de ribera.

Por momentos, la vereda del bosque se abría a una espléndida panorámica. Entre manchas de color verde pardo y superficies de un amarillo apagado por el sol, un peculiar perfil montañoso cerraba el vasto paisaje hacia el norte. Una línea elevada casi recta que dibujaba una cumbre continua, extendida a lo largo del macizo, como si de una gran meseta se tratara. Aquel perfil me era ciertamente familiar. Se trataba, o al menos eso pensaba yo, de la Sierra de Urbasa, que acaso viera alguna vez en algún lugar de mi pasado, desde algún pueblo euskaldún o alguna estación de tren casi en desuso. Imágenes confusas pero localizadas en el tiempo. Recuerdos de un perfil que, de manera un tanto extraña, quisieron evocar un Montgó mediterráneo, último estandarte bético, promontorio altivo encarándose al mar. Mi escaso conocimiento geográfico de la zona no conseguía ubicar el macizo correctamente. De hecho, apenas me atrevía a nombrarlo con total seguridad. No sé cuántas veces llegué a preguntarme “¿será aquella la Sierra de Urbasa?”, esperando que algún lugareño me resolviera la duda. Efectivamente, esa era la fachada inconfundible de Urbasa. No podía tratarse de otra formación montañosa.

Yo no me cansaba de mirarla y fotografiarla. Desde la lejanía del bosque, recordaba aquellas reflexiones del pintor y geógrafo Paul Schrader, vertidas en su célebre artículo “A qué se debe la belleza de las montañas”. Fascinado desde niño por el lejano perfil que dibujaban las cumbres del Pirineo, que llegaba a contemplar desde la ventana de su habitación en Burdeos, el francés concluía que el mejor punto de vista para apreciar la belleza singular de una montaña o una cordillera excluía su total ascensión. En cambio, implicaba su contemplación desde un punto intermedio con el propósito de apreciar sus formas, sus aristas, sus masas de vegetación, sus roquedos desnudos, sus luces, sus sombras, y su elevación relativa. Una visibilidad parcial, acaso engañosa, que tan fundamental sería en las primeras querencias personales de geógrafos, artistas, mitógrafos, religiosos e incluso alpinistas. ¿Cómo entender, si no, la imborrable presencia en nuestra cultura de una Maliciosa, un Txingodi, un Midi d’Osseau, un Eiger, un Veleta o un Atos?

Urbasa se alzaba allí, tímidamente esbelta, rígida, inmóvil, dominando la ribera, regalando ensoñaciones al caminante, como aquel mítico norte prometedor que el niño herido ansiaba con desesperación. Con una luz prístina que revelaba el truncado relieve de su vertiente meridional –no sin cierta vergüenza… ¡maldita visión impúdica que nos ofrece la implacable luz estival!–, todos sus elementos se distinguían con perfecta nitidez: masas forestales que alcanzaban casi la parte superior del macizo; roca karstificada en su cima, bellamente fraccionada en continuos tajos homogéneos,  delatando así la forma mesetaria del conjunto; y líneas verticales paralelas que conformaban paredes lisas de roca, sobreexpuestas a la intensa luz del mediodía. Efectivamente, un “bosque del agua”, como indica su etimología de reminiscencias fantásticas a un mundo cada vez más ajeno, que va dejando de existir. Bosque legendario, vigilante cercenado del Alto Ebro, meseta reina coronada con majestuosos y dorados acantilados.

No me cabe duda de que si Schrader hubiera sido un pintor benedictino de Iratxe, le habría dedicado hermosas acuarelas a la Sierra de Urbasa.

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Adusta tierra (óleo sobre arpillera)

Aconsejado por los paisanos de la comarca, decidí tomar la variante de la izquierda. El bosque que se abría ante mis ojos me hizo caminar con paso decidido y sereno. La travesía entre acebos, castaños y robles me ofrecía una legendaria atmósfera de verdor y humedad que días atrás se me antojaba casi irrecuperable.

Volví a imaginarme un Caminante de los bosques, un miembro privilegiado de aquella orden superior de peregrinos que, atravesando senderos serpenteantes y sorteando rocas graníticas invadidas de musgo, soñaban con alcanzar, algún día, los grandes santuarios. Volví a recuperar las sensaciones de tan mítico lugar, espacio de la pureza aún no corrompida, anclado en las más bellas ensoñaciones del género humano. Hogar de silenos, ménades y sátiros que se reunían en la oscuridad con el creador del vino sagrado para ejecutar las danzas dionisíacas y alcanzar el tan temido frenesí. Espacio para las pasiones marginales que desafíaban el orden racional apolíneo y el hermetismo institucional de lo heroico. Refugio prístino de la verdad al que los personajes de Shakespeare escapaban en busca de la atenta escucha de sus corazones. Espacio para la canción lírica del poeta, la desobediencia civil del rebelde y las ensoñaciones del paseante solitario.

Pero la deliciosa travesía por el bosque pronto llegó a su fin. La segunda mitad de la jornada estuvo presidida por un llano infinito, bañado por un sol abrasador y dominado por un camino de tierra interminable. El horizonte se presentaba bajo y desalentador. Aquella panorámica inmensa me atravesaba casi con violencia. En la aplastante sobriedad del llano apenas hay tiempo para el lirismo. Solo los corazones de otro tiempo resisten su implacable letanía, adusta y árida. Su sobrecogedora fuerza telúrica me ofrecía un paisaje labrado con fuego, viento e historia. A lo lejos, se erguía un límite esperanzador: “horizontes como serruchos mellados”, “montañas de violeta y grisientos breñales”, la otrora “Morada de los dioses”, “la tierra que ama el santo y el poeta, los buitres y las águilas caudales”. Onírico panorama de amarillos tostados y ocres leñosos. “Llanuras bélicas y páramos de asceta / –no fue por estos campos el bíblico jardín–; / son tierras para el águila, un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín”.

Desolador y atrayente al mismo tiempo, aquel lienzo casi monocromo de campos de cereal resultaba monótono hasta la desesperación. Una inabarcable tela de líneas bien definidas y tintas planas, como firmada por Alberto Sánchez o Benjamín Palencia. O un gran Rothko asfixiado por la soledad bicromática de la tierra. Una estampa, en todo caso, de una extraña belleza arrebatadora, que me interperlaba de forma directa, sin contemplaciones, sin circunloquios. Como nacida de las pinceladas agresivas de un pintor luminista, la luz impúdica del mediodía dejaba en evidencia la desnudez del paisaje. Un inmenso dorado trigueño, solo interrumpido por modestos encinares y viñedos rectilíneos.

En aquel boceto de abstracción plástica, mi cuerpo era empujado hacia la composición paisajística que marcaban las suaves dunas redondeadas. Como en estado de trance, mis pies respondían a la cadencia autómata marcada por la luz del sol, la aspereza del terruño y la determinación del viento. Una cadencia que pronto se integró en mis músculos, cuya energía anhelaba las horas últimas del día en alguna posada fresca a la sombra de una higuera. Reactivado por la agresividad ambiental del entorno, todo mi organismo respondió a una sola acción. En aquella polvorienta antítesis del lirismo, solo contaba caminar, avanzar, recorrer la dureza de la inabarcable tela, fundirse en la urdimbre de aquella arpillera ardiente. Me sentía agotado pero fuerte, exhausto pero alegre, extenuado pero libre.

Fue allí, en mitad del llano, donde comprendí (quizá… oh, iluso) la profundidad de caminar, su esencia desnuda, sufriente, física, ascética.

(Inspirado por Campos de Castilla, de A. Machado, e Intemperie, de J. Carrasco).

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Revelación

Dejando a nuestra izquierda extensos campos de girasoles en su plenitud y molinos de viento muy poco cervantinos, continuamos subiendo hacia el Alto del Perdón. Aquel punto tenía un interés geográfico y paisajístico máximo, ya que servía de divisoria natural entre las dos Navarras. A partir de entonces, frente a nosotros, se abriría la extensa llanura ribereña que nos conduciría hacia el Ebro, moteada con pequeños bosquecillos, campos de cereal e hileras de álamos. Sigue leyendo “Revelación”

El arte de Caminar

Cada día me iba compenetrando más con la tierra que caminaba. La pisaba, la miraba, la sentía, la sufría. La integraba en mi cuerpo y en mis pensamientos. Sentía que se manifestaba en cada movimiento de los músculos de mis piernas, de los dedos de mis pies, de los huesos de mi torso, de las articulaciones de mis brazos. Poco a poco, iba descubriendo lo que Henry David Thoreau llamó “el arte de Caminar”. Sigue leyendo “El arte de Caminar”

Revelación

 

Dejando a nuestra izquierda extensos campos de girasoles en su plenitud y molinos de viento muy poco cervantinos, continuamos subiendo hacia el Alto del Perdón. Aquel punto tenía un interés geográfico y paisajístico máximo, ya que servía de divisoria natural entre las dos Navarras. A partir de entonces, frente a nosotros, se abriría la extensa llanura ribereña que nos conduciría hacia el Ebro, moteada con pequeños bosquecillos, campos de cereal e hileras de álamos.

Allí, observando aquel vasto panorama que me resultaba familiar, comprendí de inmediato algo que ya había sentido antes varias veces pero que, sin embargo, me resistía a reconocer: allí fui plenamente consciente de que, sin duda, y ahora sin miedo a decírmelo a mí mismo, me sentía mucho más cercano a un paisaje como aquel que a otro más frondoso y bucólico de montaña. Allí, en aquel alto azotado por el viento, sentí, con una fuerza casi telúrica, como una revelación, que yo pertenecía a aquel relieve suave del paisaje de ribera, jalonado con una rica gama de colores amarillos, ocres y verdes pardos que se veían complementados con un azul límpido del cielo, salpicado de pequeñas nubes de evolución.

Mi infancia pertenecía a aquella panorámica. El paisaje de montaña era tan solo un añadido posterior, una imagen secundaria bien conocida históricamente y sofisticada conceptualmente a lo largo de mis años de doctorado. Aunque lleno de recuerdos imborrables, anclados en los bosques y las cumbres del Guadarrama y en los perfiles de Sierra Nevada, allí supe que, en lo más hondo de mis querencias geográficas, de aquellas que se sienten de verdad, sin impostar nada, el paisaje de montaña carecía de la verdadera emoción que me provocaba aquel vasto panorama de planicies interminables y suaves colinas. Este era el paisaje que movía mis recuerdos y que me trasladaba, inesperadamente, a los veranos de mi niñez, allá, en un pueblo castellano de ribera, rodeado de campos de cereal, maizales, cultivos de remolacha, frondosas choperas, pequeños canales y una vieja estación de ferrocarril abandonada. Aquel modelo de paisaje se rebeló, ahora sí sin complejos, como una de mis imágenes más personales que pertenecían a mi biografía. Aquella visión me pertenecía. Yo pertenecía a aquel relieve, a aquellos colores, a aquellos perfiles, a aquellos horizontes…

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Los mapas son aquellas imágenes convencionales que nos ofrecen información sobre los componentes geográficos del territorio. En origen, tuvieron un carácter estratégico, político, militar y económico. Su creación estuvo, sin duda, muy vinculada a las políticas expansionistas de los primeros imperios europeos del mundo moderno. Aparecían, en este sentido, como enormes inventarios nominativos y visuales que organizaban el conocimiento cosmográfico del planeta. Los grandes atlas expresaban aquello que se poseía y se explotaba, y, también, aquello que se deseaba controlar.

Sin embargo, los mapas son igualmente capaces de suscitar nuestros deseos personales de exploración del mundo y, consecuentemente, nuestras pulsiones internas de desplazarnos en el espacio y, por qué no, en el tiempo. Los mapas y los atlas son, por tanto, representaciones de nuestro mundo que hacen activar nuestra imaginación. Recorriendo con la mirada y con las manos una imagen del mundo, podemos sentirnos Gullivers, NIls Holgerssons o Phileas Foggs sin necesidad de movernos físicamente. Tan solo dejando llevar la vista por una multitud de nombres, colores, siluetas, formas, números y vectores. Los mapas se convierten, pues, en potentes artefactos visuales a través de los cuales expresar nuestras maneras de interpretar el mundo, nuestros propios imaginarios geográficos del planeta.

Cuando tal artefacto recae en las manos de un niño, los imaginarios pueden llegar a crecer de forma exponencial y crear auténticos universos imaginados. Los imaginarios del principio, quizá algo tímidos, se transforman así en gigantescas fantasías geográficas. La mirada y los dedos de la criatura viajarán por todo el planeta sin miedo a las fronteras, naturales o inventadas; sin temor a posibles emboscadas por parte de pobladores autóctonos de territorios inexplorados; decididos a cruzar llanuras, mesetas, cordilleras, lagos, mares y océanos en busca de lo desconocido, de lo primigenio, de lo maravilloso, de lo intimidante, de lo grandioso.

Las pequeñas pupilas y las llemas de los dedos harán que la materialidad del cuerpo infantil se desvanezca en pro de su viaje virtual. Comenzará su viaje, quizá, en la desembocadura del Tajo en Lisboa, para remontar luego el río hasta la antigua ciudad Imperial de Toledo, y continuar, quizá, algo más hacia al Este, por el desierto de Los Monegros. En sus inacabables ansias de viajar, desplazará la mirada algo más arriba hacia la cordillera de los Pirineos, donde se atreverá a escalar el macizo calcáreo del Monte Perdido, para bajar, poco después, a la ciudad francesa de Toulouse. Allí, pensará más de dos veces hacia donde tirar. Las opciones son muchas. Le atrae un gran icono informe de color rojo que sustenta un gran rótulo en negro con la palabra “Paris”. También en Francia, le llama la atención una pequeña península, de forma graciosa, que sobresale hacia el NO. Una gran variedad de puntos negros de todos los grosores, acompañados de extraños nombres germánicos, acapara también, por unos segundos, su atención visual… Pero todo eso fue antes de percatarse, hacia su derecha, de una gran mancha de color marrón oscuro, por momentos algo morada, describiendo un gran arco en el centro del continente. Una gran cordillera le hizo cambiar de opinión. Buscó el nombre de tal colosal cadena. Formando igualmente un arco, como dibujando la forma de la misma cordillera, pudo leer en letras separadas entre sí A L P E S. “Y, si ya he subido al Monte Perdido, ¿por qué no subir a las cumbres alpinas?”, se dijo al tiempo que desplazaba los dedos hacia los lagos suizos.

Las ascensiones se prolongaron durante días. El atlas permaneció abierto sobre la cama en la misma sección cartográfica durante más de una semana. Tenía que comprender todo aquel caos de roca y hielo que se desplegaba frente a su mirada, bajo sus pies. Subió al Weisshorn, al Matternhorn, al Monte Rosa, a los Grandes Jorasses, al Dent du Géant, al Mont Blanc, al Eiger, al Monk… Como comprendió que aún no llegaría a entender la razón de todo ese levantamiento informe de piedra, continuó su viaje. Si las posibilidades fueron amplias desde el centro de Francia, ahora, desde el corazón del continente y a más de 4.000 metros de altitud, se mostraban infinitas. No obstante, lo que más le sedujo fue una península alargada en forma de bota que se adentraba en el Mediterráneo. Desde Turín a Puglia, desde Trieste hasta Catania, fue recorriendo con la mirada los nombres de ríos, lagos, montañas, pueblos, altitudes, bahías, golfos y regiones, al tiempo que todos aquellos lugares se materializaban en su fantasía, perfectamente iluminados bajo un sol radiante de mediodía.

Quizá quemado por el sol, o quizá abrumado de tantas bellas ciudades, su mirada y sus dedos volvieron a moverse hacia el norte e introducirse algo más en el centro de la gran llanura continental. Allí descubrió una gran línea azul irregular, serpenteante, inquieta, que bañaba lo que parecían ser ciudades importantes: Wien, Budapest…, leía. Era la representación de un río que respondía al nombre de Danubio…